Los niños aprenden valores del ejemplo y de las enseñanzas que reciben en sus hogares; pero, también tiene mucho que ver la buena formación que les brindan sus instituciones educativas. Tal vez esta sea una de las razones por las cuales los colegios de “Fe y Alegría” en Bolivia tienen tanta demanda a la hora de recibir nuevas inscripciones.

Las grandes obras de la humanidad nacieron y surgen de la identificación y solución de las necesidades elementales de las personas; el proyecto de “Fe y Alegría” nació con la misión de crear escuelas y colegios que mejoren las condiciones educacionales, promuevan el desarrollo de las potencialidades -tanto de hombres como de mujeres- a través de la adquisición de conocimientos, habilidades, destrezas y, sobre todo, valores.

“Fe y Alegría” es una institución educativa de reconocimiento internacional, que trabaja en Bolivia desde 1966. Y precisamente mañana, 9 de mayo, cumplirá 50 años de servicio social.

En este medio siglo de vida institucional, los colegios de este sistema aportaron a la educación popular en el país. Actualmente, están presentes en 71 municipios dispersos en los nueve departamentos de Bolivia. Tiene bajo su supervisión a 415 unidades y centros educativos y 182 mil alumnos; además, cuenta con el apoyo de 9.223 educadores y un poco más de 100 técnicos y directivos a nivel nacional.

Educación en BoliviaEn Cochabamba funcionan 98 colegios en 20 municipios y cuenta con 2.150 educadores y administrativos.

Las semillas locales

La escuelas “El Salvador” y “Obispo Anaya”, ubicadas al sur de la ciudad, donde el asfalto terminaba y las carencias sociales se hacían más evidentes, fueron las primeras en funcionar en Cochabamba.

Es allí donde se plantó la semilla de la inclusión educacional, un concepto que queda claro para aquellos menores que requieren de mayor atención en su formación, como es el caso de Cristian Vía Alvarado, un estudiante de nueve años que este año cursa el cuarto grado de primaria, en la escuela “Obispo Anaya”, ubicada sobre la avenida Petrolera.

“Cris”, como lo llaman sus amigos, fue diagnosticado -a los 18 meses de edad- con un raro caso de distrofia muscular de origen desconocido. Acudía a la primaria caminando por sus propios medios, pero su enfermedad degenerativa pronto lo llevó a utilizar una silla de ruedas para transportarse.

Gracias a la visión de inclusión escolar del colegio, este niño pudo integrar-se con sus compañeros sin complejos; son ellos los que se encargan de transportarlo de un lado a otro, haciéndole cómplice de sus travesuras y tomándolo en cuenta para el equipo de básquet.

Como Cris, existen otros casos de alumnos con capacidades diferentes que están estudiando en este sistema educacional y que -al sentirse parte de un grupo sin ser discriminados- se integran y muestran signos de progre-so, acordes a la complejidad de cada enfermedad.

Es así como “Fe y Alegría” cumple su misión, con escuelas y colegios que ofrecen una educación integral y de calidad, para que sus alumnos tengan la misma posibilidad de educarse y desarrollen plenamente sus capacidades individuales.

Luis Carrasco Pacello, director departamental de “Fe y Alegría” de Cochabamba, señala que el rol de su institución es construir estructuras de formación que estén al servicio del ser humano, para así transformar las situaciones que generan la inequidad, pobreza y exclusión.

La experiencia boliviana

El primer visionario de este proyecto educacional fue el padre jesuita José María Vélaz en Venezuela, en 1955. Comenzó con seis mil niños en situación de extrema pobreza y desde un principio se fundamentó las bases conceptuales del desarrollo del proyecto.

Poco a poco, la semilla comenzó a diseminarse por diferentes países de Latinoamérica y solo demoró 11 años en llegar a Bolivia, hasta que en 1966 el padre Humberto Portocarrero fuera el propulsor de la obra.

Fue este jesuita quien se encargó de gestionar la creación de cuatro unidades educativas en Bolivia, las mismas que iniciaron su actividades de forma paralela, en los departamentos de La Paz, Potosí, Santa Cruz y Cochabamba.

Proyecto en la llajta

Hace 50 años, el kilómetro cinco de la avenida Petrolera era el límite entre el asfaltado y el empedrado de la avenida Petrolera; todavía se podía divisar grandes extensiones de terreno agrícola, lo que hoy forma parte del recuerdo. Fue allí que “Fe y Alegría” puso la mirada para mejorar las condiciones educacionales de los niños que no tenían escuelas.

La historia de este proyecto de formación en Cochabamba se inició con la creación de las unidades educativas “Obispo Anaya” y “El Salvador” en la zona de Valle Hermoso.

Luis Carrasco afirma que la primera infraestructura física de la escuelita “Obispo Anaya” se encontraba en el kilómetro 7 de la avenida Petrolera, precisamente en la antigua iglesia de Santa Vera Cruz.

“Comenzó a funcionar en la antigua capilla del Santo. Era una cons-trucción básica, sencilla que fue edificada con un solo ambiente de adobe, con revoque, el techo era de tejas musleras y la puerta de acceso de madera y también contaba con un ventanal circular”, asegura Carrasco.

Poco a poco, los niños fueron llegando en mayor cantidad y el espacio comenzó a ser insuficiente, por eso, la organización “Fe y Alegría” decidió trasladarse al kilómetro 5, donde actualmente se encuentra”, enfatiza el Director Regional.

Danitza Valdez, directora de esta unidad educativa, desde hace 16 años, asegura que este colegio siempre trabajó con niños de primaria y de nivel inicial, y que actualmente cuenta con mil alumnos inscritos.

Para esta directora, es motivo de orgullo mencionar que este mes la escuelita también recibirá una plaqueta de condecoración de parte de las autoridades de “Fe y Alegría”, por sus 50 años de servicio académico.

Valdez compartirá la distinción con los padres de sus alumnos, porque están tan comprometidos con la filosofía de la institución -al igual que otras unidades de convenio del sistema de “Fe y Alegría”- y que, en muchos casos, ellos ayudan en el mejoramiento de la infraestructura.

“Los padres están involucrados activamente con los proyectos de la escuelita y en algunos casos se encargan del mantenimiento o construcción de aulas”, señala Valdez.

TRABAJO CONTINUO

En estos años de labor, la organización fue identificando otras necesidades reales en las sociedades con las que trabajaban; es así como pasaron de la educación formal a la formación especial -con la integración de niños y niñas con capacidades diferentes-. Luego, vieron la necesidad de crear la educación técnica.

Los directores de este programa educacional se preocuparon por construir escuelas en áreas rurales, denominadas “Yachay Wasis” o “Casas del saber”, para que así se logre frenar la alta deserción escolar.

También, debido a la situación geográfica de algunas regiones del país, sobre todo en la Amazonía boliviana, es que se comienzan a impartir clases a través de ondas radiales, con programas elaborados en el Instituto Radiofónico “Fe y Alegría” de Santa Cruz de la Sierra. Los programas educacionales estaban estructurados por niveles. De esta manera, los niños podían formarse y culminar los estudios escolares.

Por estas razones, se puede decir que la organización “Fe y Alegría” va más allá de los perímetros urbanos y que trata de convertirse en una herramienta de igualdad y así lograr una sociedad justa y equitativa para todos los bolivianos.// Opinión

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