No quiero ver al doctor/ Sólo quiero ver al enfermero”. Charly García era un adelantado, allá por 1984, cuando se empezaba a escuchar el contagioso Raros peinados nuevos. Y se lo veía aparecer con cofia y barbijo, y un aspiracional que cobra vigencia: “Sólo quiero ser un enfermero”.

Aquí estamos en la Facultad de Medicina, de donde dependen las dos carreras que se dictan, ligadas al cuidado de la salud: Enfermería Universitaria y Licenciatura en Enfermería. Los ocho estudiantes están en instancias diferentes, vienen de geografías distintas y abundan en deseos diversos. Pero, todos ellos (entre 25 y 31 años) coinciden en un objetivo: que la enfermería obtenga el estatus profesional que merece y que los hombres encuentren más espacios un una profesión que, una vez, fue exclusiva para mujeres.

Enfermería Universitaria es la carrera más convocante, después de Medicina, en esta Facultad. Y, si bien se mantiene una proporción desigual entre asistentes femeninas y masculinos (80/20 por ciento), la asistencia varonil crece. Sobre todo, por la amplia salida laboral y por la demanda. Aunque, como cuentan los entrevistados, tengan que lidiar con prejuicios a la hora de trabajar. “Las pacientes tienen vergüenza con un hombre enfermero pero no con un médico. Sigue habiendo un estigma”, analiza Rodrigo Alegre, que se recibió de Enfermero Universitario y planea hacer la Licenciatura. “Otro prejuicio es que el enfermero está sólo para bañar al paciente. Es mucho más que eso: es cuidado y confort, y también dar la medicación, entablar un vínculo con el paciente”, agrega Francisco Mansilla, también Enfermero Universitario, con ganas de licenciarse.

Enfermería UPEAEntre todos, coinciden en la importancia del vínculo paciente-enfermero. Y así lo enfatiza Antonio Pérez: “Estoy terminando Radiología y sentía que me faltaba algo. La enfermería se centra en el contacto con el paciente. Por eso, empecé a cursar. Además, tengo un hermano con discapacidad. Conozco de cerca estas tareas”.

Las historias de vida funcionaron como puntapié para estudiar en otros casos. Como el de Rodrigo que, a los 18 estuvo internado durante tres meses por un daño neurológico. “La enfermera era la que más me cuidaba. ¿Por qué no dedicarme yo también a eso?”, resume. Y Guillermo López, que está en segundo año de la Licenciatura, sigue: “Los que no estudiaron o no fueron atendidos no saben qué rol cumple el enfermero. Se van dando cuenta si les toca. Todavía nos falta un reconocimiento social. Se va a ir dando. Hay cada vez más participación en la carrera”.

Otras causas definieron la decisión de hacer esta carrera, como la herencia familiar. Así, sucedió con Bastián González y Yago Bolzán. Ambos tienen su faro en sus abuelas enfermeras. Bastián es chileno y está en primer año del primer ciclo. Trabaja como camillero en el Sanatorio Güemes y se quiere especializar en emergencias. “Me gusta el ritmo, tenés que trabajar rápido, llegan pacientes con urgencias y hay que resolver”, dice. Yago, por su parte, está terminando la Licenciatura y hace dos años está haciendo una residencia en enfermería general y atención primaria, en el Gobierno de la Ciudad. “Me especializo en salud comunitaria. Trabajamos, no tanto desde el punto de vista asistencial con un paciente puntual, sino que vamos a los barrios, trabajamos con poblaciones vulnerables, nos basamos en campañas vacunación y prevención”, explica.

Las estadísticas brindadas por la UBA ratifican la tendencia hegemónica hacia recibirse de médicos. Pero también, la convocatoria alta de Enfermería. La carrera de Medicina tiene hoy 20.655 alumnos. Y sólo Enfermería universitaria cuenta con 3.783 alumnos. Luego siguen las otras carreras: Nutrición, Kinesiología, Radiología, Obstetricia, Fonoaudiología. “Hay una gran concurrencia de alumnos de diversas edades y clase social. La provincia implementó la beca Eva Perón para estudiar y en CABA se abrió una sede de la escuela de enfermería Cecilia Grierson en el Polo Educativo de Lugano. Ambos sirven como reflejo de la visibilidad que está teniendo esta profesión”, cierra Yago.

Y llega el consenso grupal: casi todos piden que se destaque el trabajo de Carlos Lépez, como guía en los primeros años de la carrera. Luego siguen: “Con los médicos formamos un equipo”. El plus, para ellos, es poder dedicarse a escuchar a los pacientes, además de atenderlos. “La contención es importante”, resume Juan Cataldo, que es graduado y le tocó asistir a una paciente que estaba por realizarse un by-pass: “La vi tensa y, al día siguiente, llevé cartas para jugar al truco. Salieron muchas risas y bajó la tensión”. Juan quería estudiar ingeniería química pero encontró una definición de enfermería que lo enamoró: “Ciencia y arte del cuidado”.

Algo similar le pasó a Andrés Rodríguez, que es guardavidas y se dedica al socorro y los primeros auxilios: “Me hago el payaso como en Patch Adams. Los pacientes me buscan para reírse. Ellos se enganchan, se animan a hablar. Tanto, que después no te podés ir”.

Prohibido Estudiar

La tesis de Yago Bolzán para terminar su licenciatura es, justamente, sobre la presencia de varones en enfermería: “La primera escuela data de 1886 y estaba abierta a todos. Pero en 1912 salió un decreto que excluía a los varones de la carrera. Duró hasta 1969”, cuenta. Después se volvió a permitir el ingreso a varones. “Lo que se decía es que las mujeres estaban más capacitadas para esas tareas, como un don natural de entrega, compasión, de las labores extensivas del hogar, como la higiene y buenos modales. Había una concepción de moral en la enfermería, se pensaba que era más normal en la mujer el amor maternal”. Todo lejos de lo científico y teórico: “Porque, para el pensar estaba el médico hombre en esa época. Y la mujer estaba para asistir al médico. No es casual que hoy los hombres se sumen a la carrera. Responde a cuestiones culturales, sociales y políticas”.// Clarín

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