Una señora con su gato en urgencias. Un paciente tatuado con pánico a las agujas. Un mercado negro de pijamas en la planta. Una carretilla con 30 melones como agradecimiento. A veces, los hospitales son escenario de episodios tan surrealistas que bien podrían haber servido de guión para un filme de comedia-ficción. Pero sus paredes también son testigo de las guardias interminables, los contratos precarios de quienes nos cuidan y la lucha por mantenerse fuerte ante el dolor ajeno. Es la historia de Héctor Castiñeira.

Él es Saturnina Gallardo, aunque antes –y aún ahora– fue “enfermera saturada”. Y así se define, como una enfermera. Este gallego residente en Madrid revela desde 2012 las anécdotas que pasan ante sus ojos en el hospital en el que trabaja. Primero lo hizo desde Twitter. Después con un primer libro. Pero siempre con unas píldoras de humor que ocultan una firme reivindicación: el fin de la precariedad de la profesión de enfermería. Ahora, acaba de lanzar el sexto título: ‘El silencio de los goteros’ (Plaza Janés).

¿Por qué tu alter ego es una mujer?

Es una cuestión de mayorías. En enfermería somos 300.000, el 90% son mujeres. Creé al personaje para que la gente se identificara con él y sus historias de hospital. Cuando alguien piensa en la figura de la enfermería lo asocia a una mujer, por eso le puse un nombre femenino. Nos llaman enfermeras, nos llamamos enfermeras.Enfermería en la UPEA

Dime la verdad. Algún ibuprofeno habrá desaparecido para rellenar el botiquín de casa…

[Ríe] Bueno, claro. Si estás en el hospital y te duele algo… pues echas mano del ibuprofeno de allí. No te llevas cajas de analgésicos, pero si necesitas uno, te lo tomas.

Y con los turnos de noche, alguna que otra cabezadita caerá…

Mentiría si dijese que no. Te termina venciendo el cansancio. Son diez horas de turno de noche. Si hay mucha actividad no, pero esas noches que son más o menos tranquilas en las que todo va bien y los pacientes duermen, nadie llama, hay silencio, nadie tiene dolor, no hay ingresos… te vence el sueño.

Hace poco vino una señora a Urgencias con su gato pidiendo que lo vacunáramos. Cuando le dijimos que no podíamos, se fue enfadadísima”

En el libro hablas de “turnos malos”. ¿Cómo es uno bueno?

Uno en el que no tienes urgencias, que ningún paciente tiene una emergencia… es ese en el que todo transcurre según lo previsto.

¿Has vivido en tus propias carnes las experiencias que relatas en tu libro?

La mayor parte de ellas sí. Pero en redes también me envían historias que les pasan a otra gente. Mi personaje es un personaje de todos porque va cogiendo las historias que nos suceden a todos.

¿Recuerdas alguna anécdota surrealista con algún paciente?

Hace poco vino una señora a Urgencias del Hospital 12 de Octubre con su gato pidiendo que lo vacunáramos. Cuando le dijimos que no podíamos, se fue enfadadísima. “¡A ver, que yo sé vacunar personas, no animales! ¿Dónde está la tarjeta sanitaria del gato?” En otra ocasión vino un señor porque había leído en el horóscopo que iba a tener un mes muy malo. “No me duele nada, vengo por prevenir”, nos dijo. Son este tipo de situaciones que dentro de todos los casos dramáticos que vemos, te hacen sacar la sonrisa.

¿Es cierto que hay pacientes o acompañantes que aprovechan la visita al hospital para vender cosas?

Sí, sí. Conozco un caso real de un paciente que tanto él como su mujer tenían un puesto en un mercadillo. Como esos días no podían trabajar, la señora empezó a vender a los acompañantes de otras habitaciones chándales, pijamas… cuando ya les había vendido a todos llegó el turno del personal.

Pacientes tatuados pero con pánico a las agujas de extraer sangre. ¿Existen?

Existen. Y son muy curiosos. “¿Pero oye, esos tatuajes son de verdad o son una calcamonía?” Y te dicen que no es lo mismo. He llegado a la conclusión de que el problema es que ven sangre.

Con el miedo a los pinchazos, a muchos les dará por contar su vida...

Muchas veces nos toca hacer terapia. Y no tanto por miedo. Hay gente que pide cita para que lo escuches. No buscan consejo, sino desahogarse. Pasa mucho en el hospital, durante el turno de noche. En el día hay más jaleo, más visitas, pero por la noche el paciente se queda solo y vienen los fantasmas. Haces un poco de “psicólogo” estando a pie de cama.

Los pacientes tatuados pero con pánico a las agujas de extraer sangre... existen”

Hay fechas señaladas, como Navidad o Fin de Año, que te habrá tocado trabajar.

Sí, son fechas complicadas. Especialmente Nochebuena, tanto en adultos como en pediatría. Hay pacientes que se quedan solos porque sus familiares se van a cenar. Otros que no, que sus familiares se quedan con compañía. También es duro para nosotros… todo el mundo prefiere estar en casa cenando con su familia. Es la parte mala de este trabajo.

Y dicen que en esas fechas os alimentáis a base de bombones.

No es un mito, es cierto. [Ríe]. Hay casi más ‘bombones caja roja’ en los hospitales que en la propia fábrica. Es muy curioso, siempre traen los mismos. En uno de los libros hice un alegato y sugerí que nos trajeran unas naranjas, unas manzanas… La gran mayoría de pacientes son muy agradecidos.

Algún regalo raro os habrá caído…

Hubo una vez que el acompañante de un paciente nos preguntó cuántos trabajábamos en la planta. Ese mismo día apareció con una carretilla y una caja enorme llena de melones: uno para cada uno de los casi 30 que éramos en plantilla. Hacíamos el relevo saliendo con un melón bajo el brazo. ¡Estaban buenísimos!

Entre las líneas de tu último libro asoma la precariedad del sector.

Con el humor se pueden decir cosas muy serias y lo utilizo como medio de denuncia para hablar de nuestra situación laboral. Está muy mal. Acabé Enfermería en 2003 y a día de hoy he firmado más de 500 contratos como enfermero en el sistema público. A los que nos encargamos de cuidar de la salud de la población, el sistema no nos cuida en absoluto. No soy un caso aislado. Somos muchísimos en esa situación.

No debe ser fácil sacar el lado cómico desde el hospital. ¿Estáis los profesionales de la sanidad “hechos de otra pasta” como se suele decir?

El primer año de prácticas lo pasé fatal. En la universidad te enseñan muchas cosas, pero nadie te enseña a fabricar tu escudo para no llevarte el dolor ajeno a casa. Veía que a mis compañeros no les afectaba como a mí, y encontré mi escudo en el humor. Aunque algún paciente se te cuela y se te queda en la mochila.

Tengo una amiga enfermera que está harta de que amigos y familiares le hagan consultas médicas a todas horas.

¡Sí! Nos pasa a todos. En mi caso utilizan mucho la consulta por WhatsApp: “Oye, tengo fiebre. ¿Qué me tomo?”, “Oye, ¿que estoy tomando antibióticos, puedo salir a beber este fin de semana?”.

El primer año de prácticas lo pasé fatal. Nadie te enseña a fabricar tu escudo para no llevarte el dolor ajeno a casa”

La comida de los hospitales tiene muy mala fama. ¿Qué comen los enfermeros?

Es horrible, sí, pero los enfermeros no comemos lo mismo que los pacientes. Tratamos de llevarnos algo siempre, sobre todo en el turno de noche. De madrugada te da un hambre que si hubiese comida de los pacientes también la comerías…

¿Es enfermería una de las profesiones con menos hábitos saludables?

Es muy complicado por los cambios de turno. Hoy trabajas de mañanas, otro día de tardes. Un día comes a la una, al día siguiente a las 4, cenas a las 9 y a las 11… es muy complicado llevar un orden en las dietas. Creo que por lo general comemos bastante mal. Llevamos unos hábitos de vida bastante desordenados.

¿Qué problemas de salud sufren más los enfermeros?

Es muy frecuente todo tipo de dolencias de espalda, diabetes, hipertensión, migrañas… son las patologías más habituales por esa vida un poco descontrolada que llevamos por los turnos.

¿Quién le receta los antibióticos a un enfermero?

[Ríe] Solemos aprovechar y ya que tienes al médico ahí pasando visita hacemos la consulta en el momento. No vamos demasiado al centro de salud porque como lo tienes en la mesa de al lado…

Cuéntame algún secreto que no sepan los pacientes.

Nos fijamos mucho en ellos, sobre todo en los acompañantes… y a veces se dan pequeños cotilleos que se comentan en los descansos. Tuvimos un paciente ingresado al que por las mañanas venía la mujer a verlo y, por las tardes, la amante. ¡En ningún momento coincidían las dos!

¿Alguna vez te has planteado cambiar de profesión? ¿Compensa?

A veces me preguntan: “¿Si tuvieras un hijo querrías que fuera enfermero?” y digo que no. Nochebuenas fuera de casa, fines de semana, mal pagado, contratos muy breves e inestables, opositando para una plaza que nunca llega… A nivel personal el precio a pagar es alto, pero es una profesión muy bonita que te da muchas cosas. Te enseña a ver la vida de otra manera, a valorar lo que son problemas y lo que no lo son.// La Vanguardia


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