Diversas notas, entrevistas, análisis y emociones encontradas entre equipos de dos ciudades se generaron estos días  por la actitud de un futbolista de abandonar el campo de juego tras recibir insultos de los hinchas rivales.

Sin duda, las personas que asisten a un estadio de fútbol, experimentan la ebullición verbal de todo género de insultos, desde los más grotescos a los más creativos, constituyendo una manifestación de violencia simbólica, pero violencia al fin. Y es que el deporte y el fútbol en particular emergen como una sublimación de la guerra y ritualización de aspectos bélicos, indica Gordon W. Russel, autor de “Agresión en el mundo deportivo”. El deporte es, fuera de los tiempos de guerra, el único escenario en el que la agresión interpersonal es tolerada y hasta aplaudida.

Este fenómeno se da en el fútbol en particular por ser un deporte con lógicas propias: una interna -reglada por códigos y normas para las acciones dentro la cancha de juego-, y otra externa, no reglamentada, vinculada a las acciones del público que expone aspectos de su educación. Ellas, sumadas a la idea que el rival circunstancial es un “enemigo” al que “está permitido” gritarle irónicamente, de manera grotesca e hiriente resultando en una manifestación de “violencia simbólica”.Sociología en la UPEA

Las tribunas generan una suerte de cohesión tribal; el insultar opera de manera grupal como mecanismo de “eliminación” simbólica del rival, mediante gestos, descalificación y una sarta de adjetivos que se pueden convertir en un “arsenal simbólico” para denostar y herir al rival provocando su irritación.

En culturas futboleras intensas como la argentina, el insulto es además un acto de diversión popular, extendido creativamente a las redes sociales. Una “diversión idiosincrática”, que teóricamente permite aplacar los verdaderos impulsos de violencia física, creándose una subcultura del insulto, como una actividad paralela al juego.  

Este aspecto del fútbol no ha podido ser controlado y menos erradicado; se apela a la “profesionalidad” del jugador (controlar sus emociones) y los árbitros podrían dar cátedra por lo estoico de su oficio; también, resulta curioso que en medicina, la alteración que genera el derrame cerebral se denomine “insulto apoplético”.// Los Tiempos



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