El tiempo es una categoría social en evolución, inventada por la colectividad; se ubica en el mismo nivel que los símbolos, el lenguaje y el dinero. No importa que los físicos más avezados propongan fusionar las categorías de espacio y tiempo. Para muestra basta un botón, es decir un instante: ¿cuánto dura un momento de tortura o de éxtasis?

Aristóteles fue –quizás– uno de los primeros filósofos en notar que el tiempo matemático no siempre corresponde al tiempo psicológico. Los poetas observan que la percepción del tiempo se altera con las emociones. Las emociones alteran la percepción del tiempo. La subjetividad pura alarga o acorta la línea temporal.

La temporalidad tiene un margen de tolerancia, un rango de elasticidad, por lo menos en el mundo interior de la conciencia. ¿Dónde mide Shakespeare las distintas velocidades o modos del tiempo? “El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para los que aman el tiempo es eternidad”.Sociología en la UPEA

Para los que odian, ¿cómo es el tiempo? La maldad de los seres humanos está ligada al tiempo, hay momentos en que no conoce límites: esa maldad pura. Trabajo para erradicarla, aun cuando mi labor sea como arar en el mar: ella parece estar inscrita en el genoma (in)humano.

Como exagente del Ministerio Público, de la Procuraduría de Justicia, citaría el Protocolo de Estambul contra la tortura, pero antes vienen a mi mente tres libros que tratan del instante, de la carne flagelada: Las lágrimas de Eros de George Bataille; Farabeuf o la crónica de un instantede Salvador Elizondo; y Sobre el tiempo de Norbert Elías.

Bataille y Elizondo exploran la misteriosa zona donde parecen confluir agonía y éxtasis, un punto donde dolor y erotismo parecen tocarse. Los dos escritores observan –atenta, detenidamente– la fotografía de una tortura china. Elizondo crea una novela a partir de un instante, una fotografía, el lanzamiento de monedas para leer el I Ching o libro de las mutaciones. Sólo dedicaré unas líneas al libro de Elías, quien concibe al tiempo como un hecho social.

Elías ofrece una definición: “La palabra tiempo es el símbolo de una relación que un grupo humano (esto es, un grupo de seres vivos con la facultad biológica de acordarse y sintetizar) establece entre dos o más procesos, de entre los cuales toma uno como cuadro de referencia o medida de los demás”. Más adelante advierte un momento histórico, en que los indios de Norteamérica fueron condicionados culturalmente para soportar la tortura. Un claro ejemplo de distorsión temporal, donde pesan más los convencionalismos de la colectividad que la categoría científica y objetiva del tiempo.

Antes de abordar el escabroso asunto de la tortura, Norbert Elías ha dicho que el tiempo, como institución social, permite regular los ciclos de los individuos y los grupos. Permite coordinar actividades. El tiempo sirve para orientarnos, para regular nuestra vida y más aún para autorregularse generando un habitus. Determinar el tiempo es someterse a una autoridad reguladora.

Todo hombre es capaz de autodisciplinarse, parece una sentencia optimista. Empero cuando se encamina al dolor puede considerarse una imposición excesiva de la cultura, no es una elección voluntaria. En esta época nos han enseñado a tenerle mucho miedo al dolor, mientras que grandes pensadores como Nietzsche lo recomiendan como tonificante y estímulo para la vida.

Si consideramos el instante y sólo el instante, éste es irrepetible e irreversible. Norbert Elías dedica el apartado 34 de su libro a estudiar la formación de la conciencia del tiempo, el aprendizaje del tiempo, entre los indios de Norteamérica. Con ese fin analiza el relato del misionero francés Joseph-François Lafitau Moeurs des savages américains, comparées aux moeurs des premiers temps, del año 1724, así como un resumen del mismo publicado bajo el título de “De la guerre chez les Indies”.

El indio es educado para el dolor, los ociosos se consagran a las “cosas grandes” como el uso de la fuerza y la guerra. Los guerreros tienen un gran prestigio social. Su objetivo en la vida es asustar a sus enemigos más que cualquier animal salvaje. ¿Ahí radica el origen de las matanzas como habitus social?

El sociólogo nos recuerda de manera sensata que “el hombre, al contrario de otros animales que conviven en grupos, no posee mecanismos innatos y automáticos para controlar su ira o su angustia frente a las situaciones conflictivas o peligrosas” (p. 167). El control se crea artificialmente: viene de fuera cuando la sociedad inculca la autodisciplina. Ésta se vincula con la conciencia del fluir del tiempo. Luego, puede hablarse de autocontrol. Para un guerrero es deshonroso manifestar su dolor cuando es torturado.

Elías subraya que la tribu prepara a niños, hombres y mujeres, para soportar la eventual tortura, llegado el caso, sin mostrar signos de dolor hasta la muerte. Demostrar sufrimiento resulta deshonroso. Cita a Lafitau cuando cuenta que “ya los niños de cinco años juegan a apretar entre las manos una brasa de carbón, para ver si son capaces de soportar el dolor que exige su modelo social. La mayor parte de las torturas que se infligen entre sí las producen con fuego” (p. 174). Obviamente no todos son capaces de soportar en silencio el tormento. Algunos adultos torturados recurren a cantos o canciones, sobre héroes o hazañas de su propio pueblo, para aminorar el dolor del amargo transe.

En el apartado 36, Elías recurre a la novela de Chinua Achebe Der Pfeil Gottes (La flecha de Dios) para ejemplificar cómo el control de la fuerza y del tiempo se desplaza, desde las sociedades preestatales, como los Estados-aldeas, hasta el Estado propiamente dicho, como autoridad integradora, que impone instituciones y determina el tiempo: es un medio para coordinar las actividades de una multitud de individuos. Norbert Elías apuesta por una sociología de procesos a largo plazo, su visión es correcta. Se fundamenta en dos actitudes o categorías, excluyentes entre sí: o compromiso o distanciamiento.

La perspectiva del sociólogo es la de múltiples conexiones. La interdependencia de la realidad (naturaleza, individuo y sociedad) y la coacción del tiempo, son reflejo de la evolución de la vida y de la evolución de la sociedad. Más que ir por la unificación de todos los tiempos –matemático, físico, biológico, filosófico, psicológico, religioso y social–, Elías propone restablecer la conciencia de la interdependencia, es decir de la unidad de lo múltiple en el universo.

¿Me equivoco al decir que alguna vez todos hemos sido torturadores y torturados? La duración del instante ha sido variable. Los nociceptores son la puerta de entrada al sistema nervioso, para entender el dolor; pero además son una especie de reloj biológico que mide el punto en el que más allá de él el daño al organismo es irreversible: nuestra principal alerta. Aquel reloj interno de los sentidos, del que hablaba el místico Angelus Silesius. ¿Será verdad que el dolor es inevitable, mientras que el sufrimiento es optativo?

Nada justifica la tortura, ni siquiera la poética del instante (recordando la afortunada expresión de Gastón Bachelard). En literatura es catarsis; en el mundo real, abominación. Porque al zaherir a otra persona nos zaherimos a nosotros mismos. Nunca la sociedad festeje la resistencia al dolor innecesario, como imposición de poder y dominación. Nadie sea torturado, aun cuando el dolor sea un aprendizaje del tiempo. Ni víctimas, ni mártires. La inmersión en la escuela del dolor no necesariamente garantiza éxito en la vida. Tan sólo ayuda a forjar el carácter.// Juguete Rabioso



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