La ruleta de la incomprensión lingüística

Afirmar la naturalidad y neutralidad gramatical de nuestra lengua, o de cualquier lengua, implica no haber comprendido nada, ni de nuestro tiempo histórico, ni del feminismo. El lenguaje no es una manifestación supraestructural o “cultural” como algunos ingenuos han querido ver: se trata de un ámbito de la materialidad.

Hace poco leí un artículo de José Errasti en El Huffington Post titulado Garzón, Montero y la ruleta de los morfemas. Un texto en el que autor que, por cierto, es licenciado en Filosofía, intentaba ridiculizar el uso del lenguaje inclusivo usado por dos personalidades públicas “cualesquiera”: Alberto Garzón e Irene Montero.

No es ni el momento ni en lugar de posicionarme con respecto al lenguaje inclusivo o, mejor dicho, con respecto a este lenguaje inclusivo (de desdoblamiento de los morfemas masculino y femenino); de hecho, francamente, yo no suelo utilizarlo. Pero sería un necio por mi parte si no me parase a comentar afirmaciones como la siguiente:

Y es que, en la práctica, el lenguaje inclusivo está suponiendo una verdadera revolución en el lenguaje, sí, pero no porque visibilice a las mujeres o porque sea el primer uso no machista de una lengua desde el neolítico, sino porque por primera vez en la historia una regla gramatical tiene como precepto su uso al tuntún. Eso sí que no había ocurrido nunca anteriormente.

Sorprende, cuando menos, que un profesor universitario de la Universidad de Oviedo se atreva a lanzar semejante despropósito argumentativo sin fundamento alguno. Es cierto que su motivación es únicamente de descrédito y no es una expresión meditada, pero es una constante es este tipo de artículos. La afirmación de que la construcción gramatical binaria (masculino y femenino) y su correspondencia con la construcción —moderna y occidental (también binaria)— de los sujetos Hombre y Mujer sea un aspecto común, natural y universal en cualquier lenguaje desde el “neolítico” supone manifestar una ignorancia supina con respecto al problema lingüístico (o una mera expresión reaccionaria infundada, lo que es peor). Y todo ello, sin contar, además, con las consecuencias tránsfobas que esto acarrea.

Este tipo de debates suelen levantar ampollas entre diversos sectores. Es como si “lo político” tan solo fuera parte de una serie de esferas cerradas interconectadas linealmente en donde las cuestiones lingüísticas o culturales tan solo fueran expresiones (en diferentes grados de nitidez) que legitimasen otra serie de aspectos estructurales. Permítanme que les niegue la mayor, al menos, en forma de advertencia.

El lenguaje, como sistema de comunicación simbólico, no se agota en la gramática, algo que los excelentísimos señores de la RAE parecen no llegar a comprender. No existe una correspondencia directa entre lo referido y el signo lingüístico y, en este, la relación entre significante y significado (imagen mental conceptual) no solo no es unívoca, sino que es arbitraria e históricamente constituida. El lenguaje, por tanto, es un sistema integrado y complejo, no es una sucesión lineal de palabras que remiten directamente a la realidad.

Con ello, es importante señalar que no hay división, ni barrera, entre la realidad y nuestra comprensión: el pensamiento parte de su articulación lingüística. No es cierto que el lenguaje determine la realidad, sino que esta está constituida por él. Con esto presente, y perdonando la exposición simple y sintética, la estructuración gramatical no es una expresión, o manifestación natural y neutra, del lenguaje: forma parte de un todo. Pretender afirmar que, el lenguaje, en sí mismo, no es político, es negar una parte sustancial del debate: las palabras configuran la delimitación conceptual y nuestra comprensión mental.

Tomar conciencia de las implicaciones de la construcción lingüística es un paso fundamental e integral en la transformación feminista de la sociedad. El lenguaje no es una manifestación supraestructural o “cultural” (en un sentido decimonónico del término) como algunos ingenuos han querido ver: se trata de un ámbito de la materialidad.

Es cierto que toda construcción gramatical que pretende ser inclusiva, como el femenino genérico, el desdoblamiento de morfemas “-as/-os” o el uso del morfema “-e/-es”, tienen sus contradicciones y problemas, desde luego. Pero negar la mayor y afirmar la naturalidad y neutralidad gramatical de nuestra lengua, o de cualquier lengua, implica no haber comprendido nada, ni de nuestro tiempo histórico, ni del feminismo. El problema es histórico y social, con lo que su solución debe ser colectiva.

Errasti, por su parte, nos señala las contradicciones que manifiesta el uso del desdoblamiento entre los morfemas por su carácter arbitrario, obviando —o ignorando—, el carácter contextual que tienen los significados lingüísticos. De la misma forma, utilizando la mejor artillería conceptual de la palabrería conservadora, nos advierte de que si una vez se consigue completar un lenguaje inclusivo completamente perfecto ya aparecerán después, y cito textualmente, “variantes políticamente hipercorrectas, defendidas por aquellos que son incapaces de no usar el lenguaje para demostrar que están muy por encima de la media moral de los mortales”.

La posición de este señor —así como la de tantos como él— únicamente evidencia una comprensión de la lengua imprecisa, simplista, reaccionaria y profundamente antifilosófica. Una posición que, además, solo sirve de burda excusa para cuestionar y desacreditar a dos ministros de Unidas Podemos, ¡como si ese lenguaje inclusivo fuera uso original y exclusivo de ellos!

El problema de fondo es el machismo, siempre el machismo. Nuestra lengua no es solo una manifestación o expresión de este sino una parte integral del todo. Si queremos dar una respuesta genuinamente radical y feminista —y de izquierdas— debemos afrontar los problemas en su totalidad. Dicho esto, y para no extenderme demasiado, quería terminar con la siguiente frase de Theodore Adorno y Max Horkheimer de cara a la reflexión: “Tú mismo ves que incluso tú, con tu gusto por la coherencia lógica despiadada, debes recurrir a un ejemplo absurdo, mientras que yo, con mi poco práctica obstinación y mis contradicciones, he podido quedarme del lado del sano sentido común”. (Dialéctica de la Ilustración, 1944).// Extremadura

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